Vete.

Llegaste sin previo aviso, como por arte de magia. En el momento oportuno, con un aire de misterio que olía a todo lo que le hacía falta.

Sin saber cómo, lograste sacarla de un pozo donde llevaba mucho tiempo. Es por eso que empezó a creer que tenías en tus manos la capacidad de hacer magia.

Aquello no tenía ni pies ni cabeza. Ella, que a todo tenía que darle una explicación, no encontraba sentido alguno a que hubieses conseguido tal hazaña. Pero estaba tan feliz que con eso le bastaba.

Tú le decías que todo era normal, que había muchas cosas en común entre ambas vidas, que eráis muy iguales. Pero con el tiempo demostraste que esa idea no la pensabas ni dormido.

Aprovechaste cada debilidad en la que en ti se apoyaba para ir hundiéndola. Te alimentabas cuando la infravalorabas porque necesitabas sentirte superior para sobrevivir.

Cuando pasó el tiempo y ya habías conseguido consumir todos sus ánimos, decidiste marcharte. Sin duda, fue tu mejor elección, pero la dejaste en el mismo lugar del que la habías sacado.

Por suerte, esta vez no necesitó de magos para salir de ahí.

Y ahora, que ha pasado el tiempo, vuelves a aparecer de nuevo. Otra vez sin avisar, otra vez sin saber cómo, la encuentras y quieres volver a sorprenderla diciéndole que has cambiado.

Pero ella ya sabe que el único truco que te sale bien es mentir. Después de ti aprendió a pronunciar la palabra mágica que hace desaparecer a quien no la merece:

VETE.

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