El envío.

Estaba tan tranquila en su casa cuando llamaron al timbre. No esperaba a nadie, así que no se molestó en abrir. No sentía ni curiosidad.

Cuando salió de casa por la mañana no se percató de que ese papel ya estaba en el buzón. Al volver fue cuando distinguió que había algo dentro y lo sacó. Era una aviso para pasar a recoger un paquete por Correos.

¿Quién le había hecho ese envío? ¿Qué era? Intentó hacer memoria por si se le escapaba algún pedido que hubiese hecho por Internet, pero no recordaba ninguna compra. Sentía una mezcla de curiosidad y miedo, pero venció lo primero y en lugar de entrar en casa fue a la oficina a por su paquete.

Una vez en el sofá de su salón se dispuso a abrir el pequeño sobre acolchado que le habían entregado. Sin remitente. El corazón le latía a mil por hora.

Antes de abrirlo palpó algo así como un pequeño cuaderno, pero no estaba segura. Luego sus sospechas se confirmaron, pero nunca se le hubiese pasado por la cabeza el nombre de la persona que se lo enviaba.

Conocía ese cuaderno. Ella misma lo había comprado. Había sido un regalo para alguien a quien tiempo atrás había querido como a nadie. Un regalo sin más que le había hecho para que escribiese sus cosas: sus pensamientos, ideas, letras de canciones…

Y ahí estaba el cuaderno, de vuelta. ¿Por qué? ¿Era un mal recuerdo para él? Si tan doloroso era hubiese bastado con tirarlo a la basura. Después de tanto tiempo…

Las manos le temblaban cuando lo abrió, pero muchísimo menos que cuando lo cerró tras haberlo devorado. Efectivamente, el cuaderno había cumplido su cometido de registrar pensamientos y canciones. Lo que no se esperaba es que todo girase en torno a ella.

La primera fecha que aparecía en esas páginas era de una semana después de que él decidiera ponerle fin al pequeño mundo que habían creado entre los dos. Un mundo en el que ella se sentía feliz y él, al parecer, no tanto. O eso creía.

Entre palabras y versos le confesaba que había tenido que distanciarse por miedo a hacerle daño. Porque creía que lo que él sentía no podía competir con lo que sentía ella. Y sabía que en algún momento le iba a fallar.

Pero se equivocó. Sentía lo mismo o quizás más, pero le pudo la cobardía. Y una vez hecho el daño ya no había vuelta atrás. Solo le quedó ese cuaderno en el cuál le confesaba cuánto la echaba de menos día a día y lo importante que había sido en su vida a pesar de haberle permitido estar en ella durante poco tiempo.

En la última página le confesaba que se iba lejos. Que hacía tiempo que lo único que le mantenía en la ciudad era terminar de escribir ese cuaderno, volviéndose loco con sus sentimientos, pues creía que esa era la única forma sentir el mismo dolor que le había provocado a ella.

Era su extraña forma de pedirle perdón.

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